La belleza de mutar. Hay algo en mí que siempre ha temido la mirada de los otros, como si fuese un cristal frágil expuesto al mundo. Cada palabra que digo, cada movimiento que hago, parece resonar en el aire como un eco desproporcionado, como si el universo entero se detuviera para observarme, juzgarme, medir mi existencia. Es extraño, porque sé que no es real, pero se siente real. Es una tormenta interna que no se ve desde fuera. Una maraña de pensamientos que me ata, que me hace dudar antes de hablar, antes de actuar. A veces, incluso antes de salir al mundo. No es que no quiera estar; es que hay una parte de mí que teme que el estar no sea suficiente. He vivido mucho tiempo creyendo que este vaivén silencioso sería eterno, que jamás encontraría un puerto en medio del oleaje. Pero un día, algo cambió. No sé si fue el cansancio de tanto peso o una pequeña chispa que se encendió sin aviso, pero entendí que debía empezar a caminar, aunque fuera con pasos inseguros. Empecé a respirar más...
Desperté con la necesidad de dedicarte estas líneas.
El invierno siempre ha invitado a la nostalgia, pero este en particular ha sido frío, crudo y oscuro.
Estuve internada y me diagnosticaron depresión, me colmaron de pastillas, pero no hay medicamentos que apaguen el dolor de la ausencia. Así que el médico me recomendó aire puro y naturaleza, por eso me he mudado a la casa de la montaña. Soy obediente y sabes que siempre lo he sido, pero he visto caos a mí alrededor y me he desbordado; buscaba tu mano, aquella que era mí calma, pero no estabas así que me convertí en una persona muerta en vida, estaba en modo automático, mi creatividad se había ido y está es la primera vez que tomo la pluma desde aquel día.
Recordé una de nuestras últimas charlas en esta casa. ¿Qué te gusta del invierno? me preguntaste y te respondí las mandarinas al sol. Entonces volviste con un cajón; eso fue un flashback de cuando me sentía feliz, completa y plena. Estaba sonriendo y al verme soñando des...