Perdonar para sanar
La arena mojada cosquilleaba sus pies, y ella dejaba huellas en el reborde del rio, con su andar. Se sentía observada, pero poco le importaba, “Debe ser por el vestido” pensó. Sentía los susurros de las personas a su alrededor, “se perdió la novia”, “se escapó de la catedral”
—Idiotas—farfullo.
En su mano derecha sostenía un ramo de tulipanes y en la izquierda un pedazo de papel amarillo, con una caligrafiá ilegible. Caminaba cabizbaja, tambaleándose por el peso del vestido, este se encontraba andrajoso y teñido de un color ocre, pero relucía de cierta manera. No llevaba velo blanco, sino negro, eso llamaba la atención de quienes veraneaban por el lugar.
Ella camino, hasta que el sol se escondió. Cansada se sentó en la orilla del rio, e iluminada por la luna, leyó una vez aquel fragmento de carta. No puedo evitar sollozar, y sus lágrimas se derramaron lentamente por sus mejillas hasta descansar en la arena, suspiro pesadamente y se abrazo las piernas. Se balanceaba de un lado a otro, tratando de procesar lo que había leído, estaba frenética, se levantaba, caminaba, saltaba, se adentraba a la profundidad de las aguas y volvía a salir para desfallecer en la arena.
—Ana—escuchó que alguien la llamaba—Me estas preocupando vamos a casa.
Era su hermana, oía, su voz a sus espaldas, pero hizo caso omiso a su pedido.
—Ana María—volvió a llamarla—Él no hubiese querido verte así.
En ese preciso momento, Ana levanto la vista y allí estaba Simón, parado en el medio del rio, “no puede ser real” pensó, “es solo mi imaginación jugándome una mala pasada”. Negó rotundamente. Pero había algo, en la mirada de Simón, había paz.
—Nunca me contaste—susurro—juntos hasta que la muerte nos separe, lo prometimos.
—Estaba sufriendo amor, no quería que sufrieras también.
Ella sabia que Simón no podía hablar, que no podía estar ahí, que se lo estaba imaginando, pero aquello la reconforto, aquella conversación producto de su debilidad mental le quito un peso de encima que no sabia que estaba soportando.
—No fue tu culpa amor, de nadie en realidad—la consoló él.
—Esta bien—dijo Ana con pesar—te perdono y me perdono.
Secándose las lagrimas suspiro el ultimo “Hasta luego amor” y la pena como la imagen de Simón se disiparon con el viento.
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