El anciano observaba con rabia aquellos planos dispuestos tan cuidadosamente sobre su escritorio. ¿Cómo había sido posible que él, Malih Munshi, catalogado como el mejor arquitecto, fuera el autor de semejante abominación? Cierto es que, cuando había comenzado con el proyecto era aún muy joven y cualquier veterano sabe por demás que, la arrogancia inherente a la juventud, es uno de los mayores males del hombre moderno.
Ahora, el viejo recordaba con angustia y arrepentimiento la cantidad de veces que estuvo a punto de rechazar el trabajo, o de plano, una vez que ya había comenzado, de abandonarlo. Cuántas desgracias se hubieran evitado si hubiera seguido esos instintos. Lo que más lo atormentaba ahora era que todo lo había hecho, no por la cuantiosa suma que le ofrecía Jamil Dormin, sino por la gloria que suponía llevar adelante un encargo de semejantes características. Realmente son la codicia y la soberbia, trampas mortales para las almas débiles.
Todo había comenzado cuando el señor Dormin, se presentó a sus oficinas en Qatar hace ya mucho tiempo. El hombre, conocido a lo largo y ancho del planeta por su incalculable fortuna, lo buscaba para llevar adelante un ambicioso proyecto. Quería construir en el centro de Dubai, “un edificio de proporciones obscenas”. Así presentó el extravagante millonario su idea a un jovén Munshi que (a pesar de su entonces escasa experiencia), ya era conocido como el mejor arquitecto de los Emiratos Árabes, incluso, según decían algunos de sus mejores clientes y más grandes fans, del continente. A Munshi, en un primer momento, y antes de saber los detalles de la idea de Dormin, la petición no le pareció especialmente extraña pues, pese a la poca trayectoría que tenía en aquel momento, ya sabía bastante bien que los millonarios suelen competir entre ellos como niños pequeños. De modo que es extremadamente común ver que, luego de que el millonario A se compre un yate de lujo, el millonario B haga lo propio, redoblando la apuesta y haciendo que la embarcación tenga, por ejemplo, detalles en oro. A lo que el millonario A responderá haciendo construir una casa tan espectacular que deje en verguenza la del millonario B, y así hasta que ambos mueran y no se lleven a la tumba más que un par de alhajas, si es que su competencia no consume sus riquezas antes de que la vida los consuma a ellos.
A Munshi estas actitudes por parte de los magnates le causaban una mezcla de gracia y pena ajena, sin embargo, estos pobres diablos eran, a fin de cuentas, sus mejores clientes. De modo que le pidió al acaudalado consultante que desarrollara su idea mientras se acomodaba en el sillón y se disponía a escuchar con atención. No fue hasta entonces que comprendió que Dormin no era como los demás millonarios con los que había trabajado.
Su intención era construir, como había referido con anterioridad, un rascacielos en el centro mismo de Dubai y que fuera el más alto del mundo.
En ese momento Munshi sonrió y tras indicarle con un ademán que esperará antes de continuar su explicación, realizó una rápida búsqueda en su computadora y giró la pantalla, de modo que Dormin pudiera verla. En ella aparecía una espectacular construcción de estilo futurista.
– El Burj Khalifa, ubicado precisamente en Dubai, es el edificio que ostenta ese récord actualmente, con 828 metros de altura – dijo, con cierta pedantería, pero seguro de que su interlocutor ya conocía esta información – ¿Qué tenía en mente, 900, 1000 metros?
– 2500 –Contestó el millonario sonriente.
– ¿Metros?
– Sí.
Munshi se sintió confundido, ¿sería posible que este hombre hablara en serio?
– Mire – agregó tras unos momentos de silencio – si lo que quiere es obtener el récord bastará con 1000 metros, podemos incluso llegar a 1200, pero no tiene sentido…
– Esa no es mi idea – interrumpió Dormin – vine a verlo porque me dijeron que era el indicado para el trabajo, pero si mis expectativas lo superan puedo buscar a alguien más.
El arquitecto lo miró incrédulo.
– El costo de semejante proyecto sería…
– El costo no es problema, ¿está interesado o no? Soy un hombre ocupado y no puedo perder el tiempo en reuniones que no lleven a ningún lugar.
– Tendré que pensarlo – contestó finalmente Munshi.
El magnate le entregó entonces una tarjeta.
– Puede encontrarme llamando a ese número, esperaré una semana y si no tengo noticias suyas buscaré otro arquitecto. Muchas gracias y que tenga buenos días – y tras decir esto Dormin desapareció tras la puerta de la elegante oficina.
El entonces joven arquitecto no durmió en toda esa semana, incluso le resultaba dificultoso concentrarse en sus otros proyectos, pues la idea de la gran torre de Dormin absorbía por completo sus pensamientos. Realizó averiguaciones que le confirmaron el alto estatus de su potencial cliente y cómo trabajar para él impulsaría su nombre y lo convertiría en el arquitecto mejor catalogado, no solo en los Emiratos Árabes (donde ya contaba con esa fama sin la ayuda de Dormin), sino en el resto del mundo. Además, ¿qué mejor carta de presentación para alguien en su profesión que ostentar el récord de haber construido la torre más alta del mundo? Sin embargo, y con todos estos puntos a favor, fueron muchas las veces que pensó en declinar la oferta del magnate, ya que, así como un resultado positivo podía catapultarlo hacía una fama mundial, un trabajo mal hecho podría convertirlo en el hazmerreir de sus colegas, dada la ridícula ambición del proyecto. Como ya dijimos, la codicia es el peor de los venenos, y es la razón por la que Munshin, tras mucha deliberación, acabó por aceptar el encargo de Dormin.
Una vez que las cuestiones más técnicas fueron resueltas, como qué aleaciones se usarían para las estructuras o qué clase de ladrillo sería mejor para la construcción (a propósito de lo cual Munshi encontró una vieja receta de ladrillos de arcilla cocidos que le permitirían llegar sin problemas a los 2500 metros y era una opción mucho más económica que las modernas), la obra comenzó. Desde el primer día causó muchos problemas. Al enterarse los acaudalados vecinos del proyecto, y su ambición, lo tildaron de absurdo y poco seguro (este último punto probando ser cierto en más de una ocasión, en cuanto al primero, bueno quien puede determinar a ciencia cierta que es y que no es absurdo). Munshi debió, además de concentrarse en su trabajo como arquitecto, ser el receptor de todas las quejas y denuncias de los consternados y adinerados dubaitíes. Además, en los 33 años que llevó completar la obra, hubo múltiples accidentes que se cobraron la vida de un total de 22 trabajadores. Lo cual significó para Munshi innumerables demandas. Todas estas adversidades (sumadas a las relacionadas con los aspectos prácticos de la construcción de un edificio de 2500 metros de altura), llevaron a que Munshi se planteara más de una vez la posibilidad de abandonar su puesto, sin embargo, dejar inconcluso semejante proyecto probablemente hiciera estragos en su buen nombre y la fama que le había llevado tanto esfuerzo conseguir.
Finalmente, tras más de tres decadas de duro trabajo, la torre quedó terminada.
El edificio era realmente espectacular y, pese a estar construido con materiales poco modernos, su diseño presentaba una elegancia envidiable, realmente Munshi había justificado su buena fama. Incluso sus detractores, todos aquellos vecinos que protestaron contra la torre cuando estaba siendo construida, estaban ahora encantados con el resultado y es que todos aman el trabajo una vez que esta hecho pues es la apoteosis de todo el esfuerzo y no el esfuerzo en sí lo que interesa a la chusma. De modo que todas las quejas que despertaba el proyecto mientras estaba en proceso de armado fueron olvidadas al ver la majestuosidad del edificio de 2500 metros que fue bautizado “Babel” y que era la más clara muestra del obsceno exhibicionismo de las personas con dinero, y que solo es apreciado por otras personas con dinero (afortunadamente Dubai estaba lleno de esta clase de gente).
El día de la inauguración, Dormin, que al igual que Munshi había dejado atrás la juventud aunque con muchos menos signos que el arquitecto pues la vida de los millonarios no suele ser trabajosa, se presentó con cierta apatía (sentimiento que provenía del hecho de que en realidad, había llegado a olvidar el encargo que hizo a Munshi tantos años atrás y solo se lo recordaban sus contadores al presentarles los libros de gastos en los que la construcción de la torre ocupaban un lugar insignificante comparado con los números totales). A pesar de esta falta de interés en el proyecto, Dormin aceptó de buena gana estrenar el ascensor y viajar en él hasta la cima del rascacielos. Se montó, acompañado de su séquito, en el primero de los múltiples elevadores instalados y, tras pulsar el botón que correspondía a la terraza del edificio iniciaron su viaje. La idea era que transmitieran en vivo una vez que llegaran a su destino. Sin embargo, conforme los días pasaban, no había noticias del video ni del millonario. Los técnicos revisaron el equipo y, según parecía, todo estaba en orden, el ascensor continuaba su trayecto, pero no había llegado aún a la cima. Una vez transcurridos 3 días de la partida de Dormin todos comprendieron con consternación que el grupo (que aún seguía en viaje), estaba perdido. Encerrados sin agua ni comida, era imposible que sobrevivieran. Se barajaron muchas ideas pero todas resultaron inútiles, ya que, aunque se detuviera la marcha del elevador para que sus rehenes se bajaran en el piso en el que se encontraran, las provisiones que les enviaran no llegarían a tiempo.
Un grupo de valientes intentaron llegar al pináculo en helicóptero, lo cual resultó en una tragedia, pues a mitad de camino se les acabó la gasolina (a pesar de que partieron con el tanque lleno) y la nave cayó sobre el centro comercial que se encontraba junto a la torre, acabando así con la vida de 89 personas.
Entonces todos lo comprendieron, era imposible llegar a la cima de Babel.
Las miradas incriminatorias nuevamente recayeron en Munshi, quien se recluyó por semanas avergonzado en su despacho con el fin de revisar una y otra vez los cálculos y así descubrir en qué se había equivocado y como podría solucionarlo. Por desgracia el esfuerzo fue inútil. Las fórmulas, los planos, los epilogísmos, todos estaban excelentemente hechos, no había errores. “En realidad” pensó el anciano arquitecto “no hay errores técnicos” pues él bien sabía que su equivocación había sido aceptar un trabajo de semejante magnitud. Sabía que era imposible que un proyecto así saliera bien y, sin embargo, accedió. Y lo peor de todo era que ni siquiera podía consolarse pensando en que lo había hecho por ignorancia, pues era consciente de que las motivaciones que lo llevaron a crear Babel habían sido la ambición desmedida y el egocentrismo y eso lo torturaría por el resto de sus días.
Estas cavilaciones lo ocupaban cuando su ayudante irrumpió en la oficina. Respiraba a duras penas y tenía la tez roja como un tomate, pues había corrido hacía allí.
– Van a derribar la torre – dijo hiperventilando.
En efecto, las autoridades habían decidido derrumbar el rascacielos de inmediato, a raíz de la cantidad de vidas que se había cobrado y de las renovadas quejas de los vecinos a quienes ahora también se les sumaban las de los familiares de las víctimas.
Tan pronto como bajó de su auto y se acercó al edificio (ahora rodeado de vallas y atiborrado de explosivos) sintió las miradas de repudio de las personas, combinaban a la perfección con el repudio que él sentía hacia sí mismo. Había dedicado su vida a la construcción de Babel, no se había casado, ni había tenido hijos, el trabajo constante que la torre demandaba lo alejó de sus amistades y su familia. De repente vió, en esa obra un monumento a su existencia malgastada y miserable que solo había servido para robarle la vida a otros. Tranquilamente, y mientras los equipos alejaban a la gente del perímetro protegido, Munshi se encaminó hacía Babel. Nadie lo detuvo, de hecho mientras entraba al edificio el jefe de explosivos comenzó la cuenta regresiva.
– 10, 9, 8… –
Munshi escuchaba mientras se montaba en el ascensor y presionaba el botón que lo llevaría a la cima. Era el mejor arquitecto de la historia, además de ser extremadamente acaudalado a raíz de la construcción de ese edificio, sabía bien que, si quisiera, podría mudarse a cualquier parte del mundo, a una isla paradisíaca, y vivir allí holgadamente por el resto de sus días, pero también sabía que su conciencia no le permitiría hacer eso. Al construir esa torre había cavado su tumba, había cedido su espíritu a la soberbia y la codicia, y ahora había llegado su fin, aunque él no lo veía como una elección era, más bien, su castigo.
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