Desperté con la necesidad de dedicarte estas líneas.
El invierno siempre ha invitado a la nostalgia, pero este en particular ha sido frío, crudo y oscuro.
Estuve internada y me diagnosticaron depresión, me colmaron de pastillas, pero no hay medicamentos que apaguen el dolor de la ausencia. Así que el médico me recomendó aire puro y naturaleza, por eso me he mudado a la casa de la montaña.
Soy obediente y sabes que siempre lo he sido, pero he visto caos a mí alrededor y me he desbordado; buscaba tu mano, aquella que era mí calma, pero no estabas así que me convertí en una persona muerta en vida, estaba en modo automático, mi creatividad se había ido y está es la primera vez que tomo la pluma desde aquel día.
Recordé una de nuestras últimas charlas en esta casa. ¿Qué te gusta del invierno? me preguntaste y te respondí las mandarinas al sol. Entonces volviste con un cajón; eso fue un flashback de cuando me sentía feliz, completa y plena. Estaba sonriendo y al verme soñando despierta, llore. Así que fui a la frutería y compré tres kilos de mandarinas y me senté al Sol, las saboreé. Estaban dulces y jugosas como aquel día y volví a esbozar una sonrisa después de tanto tiempo. Entonces miré al cielo y te di las gracias. Luego te volví a recordar; aunque siempre lo hago; pero esta vez me decías "¡te va a dar tortícolis!" Y reías mientas traías el té para calentarnos y fundirnos en un abrazo, mirando el cielo detenidamente, al encontrar la estrella más brillante, dijiste "si algún día nos perdemos es ahí donde nos vamos a encontrar".
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