Su abuela le había enseñado. Como se veía la luna cuando iba a llover, como cantaban los pájaros cuando anunciaban un tiempo frio o como las hormigas trabajaban arduamente previniendo tiempos de sequía. Le había enseñado muchas cosas que ya no recordaba pero que cualquier gesto traía esos recuerdos guardados al presente.
La vida había hecho que se alejara de todo y de todos buscando un mejor futuro en la gran ciudad donde los bloques de cemento y acero cercaban todo a su paso. La monotonía y las prisas colmaban su presente, uno tras otro los días comenzaron a pasar, luego meses y después años. Los cabellos oscuros se tiñeron de blanco y los movimientos se tornaron lentos. Pequeños olvidos se transformaron en lagunas abrumadoras de vacío sin noción de la realidad que vivía. Uno a uno fue olvidando a quienes la rodeaban y poco a poco retorno a los recuerdos de su niñez.
-No te vayas abuela, juega un poco más conmigo- murmuro mirando a la ventana abierta.
La enfermera parada en la puerta de la habitación miro a su compañera mientras le dirigía un gesto de fastidio.
-Ahí está otra vez esa mujer loca, y encima esta noche me toca cuidarla a mí con el delirio de siempre- espeto con molestia.
Ella la escucho pero no hizo gesto alguno mientras su mirada se posaba más allá de la ventana. Como explicarle a esa joven que esa mariposa blanca que la visitaba era el espíritu de su abuela llamándola, como decirle los secretos que su amada Nana le contaba, como explicarles que muy pronto se iría con ella a disfrutar del campo con los girasoles florecidos y el olor a alfalfa recién cortada.
Kieran Black
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