Que si de chicos había algo fascinante, era visitar el campo de la Doña Jacinta. Corríamos alegres para abrazar aquel hermoso corazón. Su aroma nos transmitía paz. Sus polleras largas y coloridas con olor a flores mesclado con el rico olor a estofado, nos ponía contentos porque era la comida favorita nuestra. Los medio días eran tan alegres, todos los nietos charlando y comiendo en la larga mesa. En la punta se sentaba ella con su sonrisa que adornaba el rostro. La abuela siempre dijo que sus nietos son la luz de sus ojos.
Cuando todos salían a correr por el campo con los animales, yo prefería acompañar a la abuelita en sus lecturas. Sentada en aquel rincón junto a la ventana, para observar a los niños, tomaba su Biblia y pasaba un par de horas allí. Yo disfrutaba escucharla leer, su cálida voz me daba alegría. Siempre repetía un proverbios “Corona de los viejos son los nietos, y la honra de los hijos, sus padres”.
Los años pasaron, así como la memoria. La abuelita Jacinta se fue debilitando junto con sus recuerdos. No fue fácil para Jacinta despedirse de ellos, ponía mucho esmero para recordar todo lo vivido, pero el paso de los años hacía vano todo esfuerzo. No podemos controlar el tiempo y los recuerdos se van deshilachando. Pero la abuelita nunca dejó de sonreír porque abrazaba mucho su fe, lo único que no se le borró de su memoria.
En mi juventud sigo visitando su campo, pero un poco apenada porque ahora es a mí a quien no recuerda mucho. Como a todos nos pasará en la vejez, se hace casi imposible no tener algunas lagunas mentales después de tantas cosas vividas. Mi corazón se aferra al momento que ella sí recuerda. Al finalizar el almuerzo, la abuela dice “cuando vendrá Ema”, y ahí estoy yo con lágrimas en los ojos. Yendo a su lugar favorito me ve sentarme a su lado y exclama “¡Emita querida, llegaste a la hora perfecta!”, mi baja respuesta es “siempre estoy acá abuela”. Ahora yo le leo sus salmos y proverbios, los cuales repite con migo porque su memoria parece que atesoró tales palabras. Cuando finalizábamos la lectura, ella me abrazaba haciendo sus ruegos a Dios por mi vida. Yo solo caía sobre su falda sollozando, deseando inmortalizar la escena que mi corazón acobija con mucho amor.
La Doña Jacinta ya no está con nosotros, y cómo extraño charlar con ella. Con mi mamá nos encargamos de mantener el campo y la casa. Ella, sabiamente, me regaló un canto hermoso para los abuelos, que nos ayudó a recordarla. Sigo el mismo hábito que la abuela, luego del almuerzo tomo la Biblia y me siento en la misma esquena junto a la ventana. Y escucho la canción de Teresa Parodi preguntándome lo mismo ¿cómo se vive con esta nostalgia tan grande? Solo me queda la esperanza de volvernos a ver algún día.
Mei
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