-A veces aparece, le dije.
-¿Quién? Me preguntó ella.
-Ese sentimiento feo, respondí.
A veces se hace grande, dura varios días y noches. Todo se oscurece mucho.
-¿Por qué crees que sucede? Me dijo, frunciendo el ceño casi imperceptiblemente. Nuestra sesión llevaba ya unos 10 minutos.
-No lo sé, respondí. Creo que tiene que ver con el frío, con el invierno o con la lluvia. Porque hay días soleados en que la claridad no me deja verlo. Es como si no existiera en realidad. Escucho Bon Jovi y canto 'Living on a prayer' con la cuchara de madera como micrófono mientras cocino.
Pero luego..vuelve..siempre vuelve. Me llena de pañuelos la mesa de luz y de chocolate las alacenas, y lo peor es que nunca son suficientes. Es como un monstruo que está en el armario y sale de vez en cuando, aún sabiendo que no es bienvenido.
-Se llama tristeza, exclamó despues de unos segundos. Y nunca es bienvenida, tiene mala fama.
-Ya veo por qué! Solté y nos reímos.
Luego ella continuó: -Es normal que suceda, y también muy necesario. Cada vez que abris ese armario y lo enfrentas, el monstruo se debilita. Hasta que un día, desaparece por completo.
Desde ese día, tengo un arsenal de espadas de chocolate listas para la batalla. ¿Perder? ¿Yo? ¡Jamás!
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