Ir al contenido principal

Tango de mariposas

Ella estaba sentada en el pie de la cama, cepillando su largo cabello para luego trenzarlo, “relucientemente bella”, pensó él. Eduardo la admiraba, mientras se colocaba la camisa blanca, y ella hacía lo propio con su vestido.

 —Ven aquí, déjame ayudarte— susurró ella, y sus suaves manos recorrieron el pecho del hombre para anudar su corbata por última vez—Ahora te toca a ti—sonrió.

Ella volteó y él le subió la cremallera del vestido rojo, y entonces se volvió a perder, en aquella mariposa rosada que adornaba la piel de la mujer. Sería la última vez que la apreciara.

—¿Lista? — le preguntó

Roxana asintió, lo tomó de la mano y salieron a caminar, primero fueron al parque Quiroz y se hamacaron como cuando eran niños, recordando la primera vez que se vieron, cuando vivían sin preocupaciones alguna por el futuro. Luego almorzaron en lo de Tatita, ella había sido su madrina de bodas, pero cuando la cocinera los vio entrar sonrío con pena, sabia mejor que nadie lo que les había sucedido. Ellos se deleitaron comiendo su platillo predilecto ‘pollo a la pizza’, el plato principal de la casa.

—¿Recuerdas nuestra primera cita “oficial”? — preguntó Eduardo con gracia.

Roxana comenzó a reírse, ella tenía una de esas risas, que contagia a quien la escuchara. “extrañaré esa alegraría” pensó él.

—Cómo no lo recordaría, si te intoxicaste y terminamos en el hospital— estaba ruborizada por la risa, y sus ojos se habían puesto acuosos. Eduardo bajo la mirada y se lamentó no haberla amado lo suficiente o no haberlo demostrado. 

Cuando la noche empezó a caer, visitaron el salón de práctica, “Milonguita para dos”, y recordaron, al compás de la música, la pasión que los había unido en su juventud. Bailaron hasta que le ocaso asomo, danzaron su último tango. Eduardo la sostenía en sus brazos, cunado una peña lagrima le recorrió la mejilla y cayó en el hombro de Roxana. Exhaustos se desplomaron en el piso, él respiraba pesadamente, ya no estaba en condiciones para hacerlo, la edad se le había venido encima. Ella se levantó, con su característica lentitud, y le entregó los papeles y una pluma; Eduardo se incorporó, firmó, oficializando el divorcio, y le pidió permiso para abrazarla. 

Se despidieron con un beso en la mejilla y con una mirada cómplice ella le dijo adiós, Eduardo se quedo estático, en el medio del salón, observando como Roxana partía, fue entonces que tomo dimensión de que había perdido todo, a su esposa, su amiga, su amante, su vida. Con un nudo en la garganta colocó la música nuevamente y comenzó a desplazarse por todo el lugar, el tango siempre había su refugio, y lo sería una vez más. 

Aila 

Comentarios

Entradas populares de este blog

la belleza de mutar

La belleza de mutar. Hay algo en mí que siempre ha temido la mirada de los otros, como si fuese un cristal frágil expuesto al mundo. Cada palabra que digo, cada movimiento que hago, parece resonar en el aire como un eco desproporcionado, como si el universo entero se detuviera para observarme, juzgarme, medir mi existencia. Es extraño, porque sé que no es real, pero se siente real. Es una tormenta interna que no se ve desde fuera. Una maraña de pensamientos que me ata, que me hace dudar antes de hablar, antes de actuar. A veces, incluso antes de salir al mundo. No es que no quiera estar; es que hay una parte de mí que teme que el estar no sea suficiente. He vivido mucho tiempo creyendo que este vaivén silencioso sería eterno, que jamás encontraría un puerto en medio del oleaje. Pero un día, algo cambió. No sé si fue el cansancio de tanto peso o una pequeña chispa que se encendió sin aviso, pero entendí que debía empezar a caminar, aunque fuera con pasos inseguros. Empecé a respirar más...

Farol de Luz

Farol de luz El hombre nace en un mundo roto y crece en un ambiente que vive en el más o menos bien con naturalidad. Así respira y sigue remándola en dulce de leche para afrontar la cotidianeidad que acorrala. El calzado se le gasta y la piel está cuarteada de tantas experiencias que le salieron más o menos bien. Su carga le encorva la espalda y le frustra el alma. Ya no desea ni el más o menos, ni el bien. Se pregunta ¿Será que así será siempre en un mundo roto? Dice andar más o menos bien porque al bien no llega Con eso tapa lo quebrado que está el hombre junto al mundo La va piloteando y se deje arrastrar por el viento de la vida. Por ahí le alumbra un farol de luz que le da fe. El roto mundo contaba con algo de luz para el hombre. Descarga su espalda y camina en contra del más o menos bien. Y lo único sano que observó fue ese farol de luz que le dio fe. Mei