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Vivir jugando

 


Había una vez un bosque muy lejano donde muchos animalitos silvestres habitaban el lugar. Pocos conocían aquel bosque y se decía que era encantado. Todos vivían muy tranquilos. Si había alboroto eran las tardes de juegos que no podían faltar.

Cada uno de los habitantes cuidaba bien de cumplir con sus tareas. Los animalitos que andaban de día, preservaban el espacio. Se dice que Lía, Doña Liebre, salía de su casita siempre con una escoba en la mano para barrer los senderos; Juan, el Ciervo, se encargaba de buscar la leña para los días fríos, el pasto para alimentar a sus hijitos y el agua fresca para su amada; Nora, la Ardilla, era la más conocida por ser cocinera, le encantaba recolectar nueces para preparar los ricos bizcochuelos a los niños del bosque.

Cuando caía la tarde, muchos animalitos ya descansaban en sus casas, entonces, salían a trabajar los del turno noche. Por ejemplo, Raúl y Matías, los Búhos, eran los vigilantes de la zona para cuidar que todo esté bien. O las arañas, como Coca, que tenían la tarea de atrapar en sus telas a todos los insectos posibles. Así cada uno cumplía con su labor para mantener el orden del bosque encantado.

En una tarde otoñal, los niños salieron a jugar como acostumbraban y esta vez a las escondidas. Ciertas amigas, Mora la Ardillita y Feli la Liebre, eran tan unidas que todos los juegos los hacían juntas. Pero esta vez no pudo ser, algo le había ocurrido a Ardillita que por primera vez no fue a jugar. Eso puso muy triste y preocupada a Feli, tanto que lloró. Mirta la Paloma, quien cuidaba a los niños en los juegos, se acercó a ella preguntándole “¿qué pasó dulce Feli?” y entre llantos decía “hoy no vino Mora a jugar y no me avisó.” Mirta, con mucha paz le respondió “No estés triste antes de tiempo. Vamos juntas a ver qué le pasó.” Así marcharon ambas a la casa de Nora, la mamá de Ardillita.

Acercándose se sorprendieron de no sentir el dulce olor de los bizcochuelos. Cuando golpearon a la pequeña puerta nadie las atendió y Mirta entro muy despacio preguntando si había alguien en la casa. En un costadito de la cocina se encontraban las ardillas. Morita lloraba mucho porque su mamá, ya viejita, había dejado el bosque natural para vivir en el bosque espiritual. Al ver a su amiguita le decía “perdón Feli, no pude ir a jugar. Hoy no es un día bueno.” Ambas lloraban y se acompañaban en el triste momento.

Paso la hora de los juegos y los niños se acercaban al patio de Nora, donde tenían la merienda. Sorprendidos de no encontrar nada, fueron a preguntar a Mora. Aquella tardecita todos se enteraron que Nora, la Ardilla, yo no estaba entre ellos. Los animalitos del bosque se juntaron para preparar la despedida. Juan, el Ciervo, dio las últimas palabras: “Dulce Nora serás recordada por tu corazón bondadoso. Todos te agradecemos por agasajar a nuestros niños en las tardes de juego. Les llenabas sus pancitas y corazones. Te vamos a extrañar…”

El bosque encantado recibía un triste día, pero que con el tiempo los animalitos harían que la felicidad volviera. También ocurrió que por unos días no hubo tardes de juegos. Mirta, la Paloma, dio unas clases sobre el significado de la vida y de la muerte a los niños, lo hizo de una manera tan linda que trajo paz a esos corazoncitos. Decía “es imposible que la tristeza nunca se crece en nuestro camino, y no hay que rechazarla, sino aceptarla. Es por un tiempo, no para siempre. En algún momento a todos nos llegará la hora de dejar este bosque natural. Y eso está bien, es parte de la vida. Lo importante es que mientras estemos acá lo hagamos de la mejor manera. Ustedes son la alegría del bosque, cada niño tiene una luz en su corazón que va a crecer con el tiempo. Vivan haciendo el bien con amor para que crezca con fuerza. Pero recuerden, sentirse mal también está bien, y si estamos acompañados es mucho mejor para que pase pronto. Hoy abrazamos entre todos a Ardillita en su momento tan triste, porque la amamos. Entonces rodéense de seres que amen mucho. Ahora, más allá de estos hechos naturales, como la vida y la muerte, no perdamos de vista lo hermoso de jugar. Cuando estén listos volvamos a las tardes de juego…”

Las inseparables amigas Mora y Feli, decidieron volver juntas a jugar. Pero Morita quiso ocupar una parte del tiempo para preparar la receta de bizcochuelo de nuez que su mamá le había dejado. Como en todo bosque encantado, por el bien, algo asombroso pasó. Donde descansaba Nora, la mamá de Ardillita, creció un bello árbol de nueces. Según dicen, las lágrimas de Morita regaron tanto la tierra que empezó a nacer aquel árbol del cual ahora ella, muy feliz, recolecta las nueces para las tortas de la tarde de juego.

Con el tiempo, los habitantes del lugar volvieron a escuchar las risas, gritos, corridas de los niños y el rico aroma dulce de las tortas. Todo volvió a su ciclo nuevamente.

                                                                                     Mei 

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