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Vivencias

                  

                                Lunes

Son las siete y cuarto de la mañana, desperté justo a tiempo para levantar a Sara.

Todos los lunes es igual si no la llamo no se levanta, pensé.

- ¡Sara! Por favor, vamos a llegar tarde.

-Bueno mamá…

-Despertá a tu hermano, también.

-¡Okey!

 Como un rayo, me vestí, tomé mi cartera, las llaves de mi auto y me dispuse a salir a la escuela.

Durante el camino y mientras los chicos dormían solo pensaba que tenía toda la semana por delante antes de que llegara el ansiado fin de semana en el que el despertador no sonaría. Sentí un cansancio tal y un disgusto que hizo que girara el volante a otra dirección. Sin darme cuenta ya no estaba en camino al trabajo, sino en la ruta que conducía a un pueblito cercano al que solía ir cuando me sentía triste.

Al advertirlo, gire sobre el asfalto tan rápido que el conductor del auto que cruzaba sacó su mano para reprender mi acción imprudente y me tocó bocina la que dejó ensordecido mis oídos y mi corazón. 

Me sentí sin rumbo, pero debía reponerme. Era la cabeza de familia. No podía darme el lujo de pensar en mí.

Y así fue que llegó el,

                             Martes

Esta vez, me desperté cerca de las seis de la mañana. Había estado desvelada hasta cerca de las tres. Lo cual estaba siendo habitual en mi vida. Durante esas horas recorrí mi vida completa, pero no quería seguir pensando en algo que pudiera entristecerme. Entonces, tome un libro de autoayuda y comencé a leer. El autor era un psicólogo que daba unos consejos para sentirse bien. Me pareció una tontería. Se cree que es tan fácil, pensé. 

Seguramente nunca ha tenido los problemas que tengo. Cerré el libro y me dormí.

Como siempre nos aprontamos y salimos en el auto a la escuela, luego yo a mi trabajo.

Nada en particular. Solo esperar que fuera el,

                     Miércoles

La alarma sonó a las seis. Hoy tenía que dejar a los chicos mas temprano en la escuela porque me esperaba mi jefe para una reunión junto a mis otros compañeros de trabajo.

El Sr. Ponce de León era el dueño de la empresa textil, en la que trabajaban muchas familias de países limítrofes. Entre ellas, la mía. Hacía dos años que nos habíamos instalado en el Uruguay y aunque estábamos cerca extrañaba a mis padres y amigos. 

Mi trabajo estaba en las oficinas. Allí debía hacer todo el trabajo contable. Si bien no había estudiado economía, mis estudios terciarios me permitían desempeñarme en ese puesto.

De repente vi que el Sr. Ponce entró al lugar donde estaban nuestros escritorios y con un gesto adusto nos indicó que fuésemos a su despacho. Nos miramos con mis compañeros un poco asustados y luego  los cuatro ingresamos. Ninguno conocíamos lo que nos iba a decir. Solo sabíamos que desde un tiempo a la fecha los ingresos de la empresa habían decaído en un cincuenta por ciento. 

Sin invitarnos a sentarnos, ni saludarnos nos dijo:

-Las ganancias han disminuido en un porcentaje muy alto, la empresa entró en quiebra. Esto me obliga a tener que tomar unas decisiones muy drásticas.

-Voy a despedir a diez trabajadores de la planta.

-Y además reduciré el personal de oficina

En ese momento sentí que me quedaba sin respiración, mi corazón comenzó a acelerarse y mis pensamientos desordenados, no podían encontrar un rumbo, por lo que decidí inspirar profundo y no pensar esperando su respuesta. Pero dijo:

-Mañana les comunicaré formalmente quienes quedarán afuera. Ahora pueden seguir trabajando.

Ninguno de los cuatro se atrevió a pedirle que nos adelantara su decisión. Todos teníamos familia y no queríamos incomodarlo.

Terminamos la jornada en un silencio fúnebre. Cada uno tomo sus cosas y se retiró.

               Jueves

Me pase durante casi toda la noche dando vueltas en mi habitación, parecía un perro girando en un mismo lugar. No quería despertar a los chicos. Pero por otro lado necesitaba salir de mi cuarto. Desde que habíamos llegado a la ciudad no había tenido tiempo de hacer amigos pensé… ello me entristeció.

Salí de la casa y me senté en la hamaca de goma que estaba colgada en la gruesa rama de un árbol. Comencé a mecerme y a mirar al cielo que estaba vestido de brillantes estrellas. Me empecé a sentir una niña y los sentimientos de tristeza aparecieron tan pronto como la suave brisa acarició mi rostro. Me sentí vulnerable. Tanto como cuando la relación con el padre de mis hijos se había vuelto un verdadero calvario. Al punto de que la decisión de huir de su lado había sido en una noche en la que se había ido como de costumbre al bar de la esquina a tomar con sus amigos. Cansada de esconder a mis hijos debajo de la cama y yo hacerme la dormida para  no despertar su furia, había tomado las llaves del auto, único bien que estaba a mi nombre. Por cierto aprendí a manejar sin que él lo supiese, es que ya tenía la decisión tomada. No podía seguir diciéndole a la gente que me había golpeado con la puerta. Ya nadie me creía, y además me juzgaban…

Cuando transitaba por esos pensamientos vi que una estrella fugaz atravesaba el cielo, cerré los ojos y pedí un deseo. Era un deseo de ser feliz y de que mis hijos lo fueran. Y así volví a mi cama y me acosté.

              Viernes 

 Después de dejar a los chicos en el colegio, conduje a mi trabajo con el corazón resignado. Había tenido muy mala suerte en la vida y quizá esto no era la excepción, pensé. Desee que no me despidiesen porque entonces debía regresar a mi país con los chicos a golpear las puertas de la casa de mis padres, quienes no sabían de mí hacía dos años. 

Cuando decidí que no quería seguir viviendo una vida de dolor y sufrimientos. Invisibilizada por todos. Cuando había encontrado un lugar en el mundo. Todo se volvió oscuro de nuevo. Solo buscaba volver a vivir. O mejor dijo comenzar a vivir que no es lo mismo. El escaparme con mis hijos de aquella muerte en vida, de cierta forma me había fortalecido. 

Ya estaba llegando, estacioné el auto, y antes de bajarme tomé una profunda inspiración. Me di ánimo como cuando decidí que la violencia no tenía que estar mas en mi vida. Esta es otra batalla me dije, y con coraje me dirigí a la oficina.

Ni bien puse un pie en ella, la tensión del ambiente me abarcó y no pude si quiera decir buen día. Incluso si lo hubiera hecho se tomaría como una impertinencia. 

De un momento a otro llegó el jefe y con frialdad nos indicó que fuéramos a su oficina. Nos repartió un papel a cada uno y nos dijo:

-Quienes cesen tendrán depositada su indemnización en la cuenta el sábado. Ahora pueden retirarse a sus lugares.

Doblé el papel y lo puse en mi cartera, y sin mirar que hicieron mis compañeros me dispuse a trabajar como si fuese mi primer día. Lo leeré en casa me dije. 

Hacía mucho que no lloraba, pensé, de hecho, la última vez fue cuando me escape con los chicos al Uruguay. Y ahora no quería que ninguna lágrima se hiciera visible. 

Terminada la jornada de regreso a casa, pare varias veces durante el camino con la intención de leer el papel. Pero no tuve el coraje de hacerlo.

Finalmente, cuando llegue a mi casa, no sin antes pasar por la escuela a buscar a los chicos me encerré en mi pieza para leer el papel. Es que no quería que los niños me vieran llorar. Abrí la cartera y con determinación comencé a leerlo:

“El Directorio ha considerado su labor y por mayoría hemos decidido que continúe en la empresa, incluyéndola como socia con derecho a vos y voto. A partir del lunes su nuevo trabajo será en las oficinas del cuarto piso. Sin mas saluda a Ud. atte. El Directorio”

Las lágrimas comenzaron a rodar en mi rostro, pero esta vez de alegría. En ese momento entraron mis hijos con quienes compartí la noticia, y festejamos comiendo panchos en el patio de la casa.

Era la primera vez que me sentía visibilizada. Muchos pensamientos a cerca del pasado vinieron a mi mente. Pero decidí enterrarlos, ya era tiempo de comenzar a vivir …  

Azucena 

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