Ese domingo nos habían quedado medialunas caseras que había hecho nuestra nieta, estaba incursionando en el mundo de la pastelería, así que siempre teníamos la casa llena de sus delicias. Las tuyas eran dulces y las mías saladas, siempre tenías que tener algo dulce para acompañar el mate, esa era tu única condición para tomar amargos conmigo, en nuestros cincuenta años de casados siempre fue así. El día transcurrió con suma normalidad, fuimos juntos a comprar los víveres, cocinamos algo a la par, volvimos a tomar mates a la tarde jugando al ajedrez, y a la noche nos dormimos temprano.
El lunes fue el cumpleaños de nuestro nieto, cumplía siete años, y como todo niño estaba enloquecido con los camiones de bomberos, los tractores, con todo vehículo de cuatro ruedas. Así que decidimos regalarle un tractorcito de juguete, yo quería el rojo, pero vos querías el azul y tenías razón, el azul le gustó más. Lucas estaba muy contento, aunque Francisco se enfadó con nosotros por gastar dinero, nuestro hijo siempre fue así, recuerdo que le dijiste “Con mi dinero, hago lo que quiero”, riendo y luego lo abrazaste. Fue un lindo recuerdo para la familia.
El martes no hicimos mucho, nos quedamos en la cama porque el día se había tornado feo, estaba lloviendo fuerte, la primera lluvia de primavera, así que solo nos quedamos en la cama tomando mates y comiendo torta de chocolate, que había quedado del cumple de Luquitas. Ese día miramos un par de películas viejas, que habíamos visto por primera vez en nuestra lejana adolescencia, y nos reímos porque recordamos nuestra primera cita, y por supuesto hiciste énfasis en cuando te tape el baño; creo que es un recuerdo que me perseguirá hasta el día de mi muerte. Entre risas y mates nos quedamos dormidos.
El miércoles fue un día especial, era nuestro aniversario de casados, recuerdo haberte comprado flores, Margaritas, tus favoritas. Un ramo de margaritas compuesta por 51 flores hermosas, una por cada año de tu vida que me brindaste, una por cada año que pasamos juntos. Esa mañana esperé a que volvieras del kiosco y entonces te las di, tus ojos se llenaron de lágrimas y me envolviste en tus brazos, sentí ese aroma a jazmín que siempre emanaba de tu ropa, te encantaban los perfumes florales. “Muchas gracias amor, muchas gracias” dijiste, y enseguida agarraste el ramo, lo colocaste en nuestra jarra de jugo, obviamente solo le pusiste agua, pero servía bien como florero, las colocaste en tu mesita de luz y dijiste que querías levantarte cada mañana y admirarlas hasta que se marchitaran.
El jueves fue un día un poco triste, nuestra querido Pepe había partido, ambos sabíamos que iba a pasar pronto, el pobre perro ya estaba pasado de edad, pero era el único hijo que nos había quedado; porque Francisco ya había crecido y había armado su propia familia. Todos vinieron a casa a despedir a Pepe, Fran derramo un par de lágrimas y Luquita lloraba un mar, nuestro pequeño nieto se había criado con ese perrito. Recuerdo que vos lo calmaste, lo subiste a tu regazo, y le contaste que ahora Pepe estaría corriendo entre las nubes y que desde allí arriba lo iba a cuidar. No mentiré, ese día derramé también lloré.
El viernes fue nuestro último día juntos, te levantaste y como todas las mañanas, hicimos nuestro ritual de mate amargo, pero esta vez lo cebaste dulce, tal vez era una señal. Luego nos pusimos mano a la obra, hicimos sorrentinos caseros, bueno, en realidad yo era muy malo para hacer pastas, pero hice la salsa. Cuando estábamos almorzando, me quejé de que le faltaba sal al relleno y vos me dijiste: “Será que me estoy por morir” entre risas, recuerdo que te regañé, “Deja de pensar en eso Liliana”, “La vida es corta amor” me contestaste. Ahora pienso que la vida sea corta, sino que la muerte es muy rápida.
Esa tarde ibas a salir a merendar con tus viejas amigas, te vestiste súper coqueta. Peinaste tus rulos hacia atrás, te pusiste una hebilla de color dorado, recuerdo que siempre reías y decías que aquel accesorio era cosa de jóvenes, “Pero si eres hermosa abuela, tu juventud está intacta” te aconsejo nuestra nieta, un día. Me encantaba como te quedaba aquel detalle en dorado, que contrastaba tan bien con tu cabello oscuro, te colocaste una camisa negra y un tapado hermoso, blanco aterciopelo, que heredaste de tu hermana. Te pusiste un pantalón negro a la par y unos zapatitos sumamente lustrados, que me habías pedido por favor que le sacara brillo, pero cuando te enteraste que lo hice con la alfombra del baño te enojaste, y me retaste, extraño esos retos. Me abrazaste, me dijiste que me querías, te di un beso en la frente y te despediste con un “Amor, vuelvo a eso de las 7”, pero nunca volviste.
Esa tarde Francisco, me había pasado a buscar para que no me quedara solo, estábamos en el parque, habíamos llevado a los niños a jugar, aunque sólo Luquita lo hacía, María ya estaba muy grande para eso del parque, según ella, aunque impulsaba a su hermano en la hamaca. Cuando mi teléfono sonó era Telma tu amiga: “Hola” dije. “Hola” repetí, pero del otro lado de la llamada no se escuchaba nada, solo un pequeño gimotear. “Telma” pregunté, “Roberto…” dijo con un hilo de voz, “Algo anda mal…” Continuo, y se volvió a sobar los mocos, “Roberto algo le pasó a la Lili” sentenció y sentí que me moría ahí mismo. “Roberto estábamos tomando un café y se descompuso, estamos en la clínica Libey”, dijo con un hilo de voz, sin mediar palabras le corte. Fran llamo a los niños e inmediatamente nos dirigimos al hospital.
Cuando entré a ese lugar, frío y pulcramente limpio, lo supe. Supe que había perdido a mi mejor amiga, a mi amor, a mi vida entera. “Fue un infarto”, me dijo el médico que nos recibió, “Intentamos reanimarla, pero sufrió otro más, lo lamento mucho señor González” y en su mirada vi la pena, genuina, espontánea. “Le doy mis condolencias” exclamó. Pero qué frase tan armada que no reconforta en nada, me preparé mentalmente y entré a la habitación. Telma estaba sentada en una silla, llorando desconsoladamente en el hombro de Marta, tu otra amiga. “Guacha podrida, te fuiste estando con ellas” exclamé. La miraba desde la puerta, no quería tocarla, la veía ahí en la cama y era como ver a alguien que no era mi amor, esa persona no era mi vida, esa persona no tenía vida.
Luego de unos minutos, que se me hicieron eternos, me acerqué, tenía que entender que era real. Tomé su mano, estaba helada y rompí en llanto, “Tenías que aguantar un poco más, tenía que irme yo primero” Sollozaba, “¿Cómo le voy a decir a los niños? ¿Cómo le voy a decir a Francisco?” “Aun había cosas que teníamos que hacer” suspiré enojado. No tenía fuerzas para quedarme ahí, en ese estado no podía verla, le pedí a Marta que no se aleje de ella, como si fuese capaz de escaparse, aunque yo sí quería escaparme de la vida. Cuando salí del cuarto, Francisco estaba hablando por teléfono, María estaba sentada cabizbaja, cuando me sintió alzo la mirada y me dijo “Abuelo, lo siento”.
Nuestra hermosa princesita, ¿En qué momento se había convertido en una señorita? Ella me abrazó y pude oler su perfume de jazmín, el que le regalaste, pero cuando sus ojos se pusieron rojos y acuosos corrió a los brazos de su padre. Para mi sorpresa Luquita seguía ahí, sentado en la sala de espera, me miró, me extendió sus brazos y me agaché para arroparlo en los míos. “Abuelo” me llamó, “Ahora la yaya está corriendo con pepe, ¿verdad? Aunque a ella no le gustaba correr” exclamó sonriendo, eso de que los niños no entienden son puras tonterías de los adultos. “Sí”, le dije, acariciando su cabello, “Aunque creo que tu abuela está sentada en vez de correr”, él me volvió a abrazar. Pero lo único que podía pensar era en cómo iba a volver a esa casa, como iba a pisar nuestro cuarto, cómo iba a vivir sin ella.
El sábado fue su entierro, no podía creer que mi amada Lili, ahora estaba ahí, dentro de un cajón, rodeada de oscuridad, no podía creer que mi amada Lili hubiese partido. Me acerqué, coloqué una rosa blanca sobre la madera de su encierro, y cuando deposité un beso allí, un colibrí se posó en mi hombro. Era hermoso, cubierto de diferentes tonalidades de verde esmeralda. “Esa es la yaya” dijo María, “No estás solo tata” y se aferró a mi mano y antes de que tomara vuelo, le susurre a la pequeña ave, “Hasta nuestra próxima vida, amor”.
Aila
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